Los límites del arte médico

“El paciente, tratado conforme a la teoría de moda, a veces se repone a pesar de la medicina. La medicina, por consiguiente, le ha curado, y el joven doctor se arma nuevamente de valor para proseguir sus experimentos con la vida del prójimo. Creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la cuadrilla de médicos principiantes, inexpertos y presuntuosos que anda suelto por el mundo destruye más vidas humanas en un año que todos los Robinhoods, Catouches y Macheaths en un siglo. Desearía especialmente que el joven médico tuviera profundamente grabados en su mente los verdaderos límites de su arte, y supiera que su función, cuando el estado del paciente traspasa esos límites, es ser un observador atento, pero callado, de las operaciones de la naturaleza, y facilitar su trabajo con un régimen bien regulado y con toda la ayuda que puedan obtener de la estimulación del buen humor y la esperanza en el paciente.”

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Los trastornos del cuerpo animal, y los síntomas que los indican, son tan variados como los elementos que componen el cuerpo. Además, las combinaciones de esos síntomas son tan infinitamente diversas que muchas asociaciones de ellos se manifiestan tan rara vez que no permiten diagnosticar una enfermedad determinada; y para una enfermedad desconocida no puede haber remedio conocido. Ahí debe detenerse, por consiguiente, un médico juicioso, moral y humano.

El Doctor, por Sir Samuel Luke Fildes, 1891.

Tras ser tantas veces testigo de los saludables esfuerzos de la naturaleza para restablecer las funciones trastornadas, antes debería confiar en su acción que arriesgarse a interrumpirla y a perturbar aún más el sistema, con experimentos hipotéticos con una máquina tan complicada y desconocida como el cuerpo humano y un objeto tan sagrado como la vida humana. O, cuando para mantener vivos la esperanza y el ánimo del paciente, es necesario que parezca que se hace algo, ese algo debe ser de naturaleza del todo inocua.

Uno de los mejores médicos que he conocido me aseguró que utilizaba las píldoras de pan, las gotas de agua coloreada y los polvos de ceniza de nogal más que todas las demás medicinas juntas. Era, ciertamente, un engaño piadoso.

Pero el médico propenso a la aventura no se detiene ahí, y sustituye el conocimiento por la presunción. Del pequeño campo de lo conocido se lanza a la ilimitada región de los desconocido. Establece como guía alguna teoría fantasiosa de atracción corpuscular, acción química, potencias mecánicas, estímulos, irritabilidad acumulada o agotada, vaciamiento por lanceta y relleno por mercurio, o cualquier otro sueño ingenioso que le da acceso inmediato a todos los secretos de la naturaleza.

Una vez propuesto este principio, construye sobre él su cuadro gnoseológico, distribuye sus enfermedades por familias, y extiende su tratamiento curativo, por analogía, a todos los casos que tan arbitrariamente ha congregado.

He vivido para ver a los discípulos de Hoffman, Boerhaave, Stahl, Cullen, Brown, sucederse unos a otros como figuras que se desplazan en una linterna mágica, y a sus fantasías convertirse, por su novedad, en la moda del día como los vestidos de los figurines anuales de París, hasta ceder a la novedad siguiente su efímera hegemonía.

El paciente, tratado conforme a la teoría de moda, a veces se repone a pesar de la medicina. La medicina, por consiguiente, le ha curado, y el joven doctor se arma nuevamente de valor para proseguir sus experimentos con la vida del prójimo.

Creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la cuadrilla de médicos principiantes, inexpertos y presuntuosos que anda suelto por el mundo destruye más vidas humanas en un año que todos los Robinhoods, Catouches y Macheaths en un siglo. Es en esa parte de la medicina donde me gustaría ver una reforma, un abandono de las hipótesis en favor de los hechos desnudos, el otorgamiento del más alto valor a la observación clínica, y el más bajo a las teorías visionarias.

Desearía especialmente que el joven médico tuviera profundamente grabados en su mente los verdaderos límites de su arte, y supiera que su función, cuando el estado del paciente traspasa esos límites, es ser un observador atento, pero callado, de las operaciones de la naturaleza, y facilitar su trabajo con un régimen bien regulado y con toda la ayuda que puedan obtener de la estimulación del buen humor y la esperanza en el paciente. […]

Al doctor Casper Wistar, profesor de anatomía y cirugía en la Universidad de Pennsylvania, que en 1815 sucedió a Jefferson como presidente de la Sociedad Filosófica Americana. Washington, 21 de junio de 1807.

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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. [Filosofía Digital, 26/06/2008.]

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