«NECESITAMOS CUESTIONAR EL DOGMA ESTABLECIDO Y MIRAR LA EVIDENCIA DE MANERA MÁS OBJETIVA» Dr. Salim Yusuf, cardiólogo.

* * * *

 Hay una dieta que parece haber sido diseñada por desalmados para dañar deliberadamente la salud física y mental de la población, y rebajar la esperanza de vida y la inteligencia de las nuevas generaciones. Y no, no es una de esas «dietas milagro» que tanto denigra la élite nutricionista, sino «su dieta», la de la pirámide nutricional americana y la oficial en todos los países occidentales desde la década de los ochenta.

A esta “dieta de moda” durante los últimos 40 años, podríamos con todo derecho tildarla también de “políticamente correcta”, ya que

ha sido sustentada por autoritarios e ignorantes “expertos” gubernamentales; promovida aún hoy, con algún retoque insustancial, por los dietistas y nutricionistas académicos; y aplicada de forma acrítica por médicos de todas las especialidades, sumisos ante lo establecido, sin formación alguna en dietética y nutrición científicas.

De estos y otros muchos aspectos polémicos de la alimentación moderna, pero sobre todo de los impresionantes descubrimientos recientes de la ciencia biológica y nutricional, y la rica experiencia clínica acumulada por los que nos dedicamos a la medicina nutricional, tendremos ocasión de tratar en esta misma sección del blog.

Ahora, a modo de introducción a la serie de artículos que la seguirán,

voy a intentar explicar a grandes rasgos cómo escapé de la medicina «cavernícola» (RAE: «Retrógrada. Contraria a innovaciones o cambios».) y descubrí por mí mismo, a la luz de la ciencia y de la experiencia, el poder de la alimentación para dañar la salud, cuando es errónea, y de curarnos (o al menos de detener y revertir el daño crónico ya causado), cuando es adecuada a nuestras necesidades biológicas.

TRES CASOS CLÍNICOS: MI MADRE, MI GATA Y YO

Para hacer un relato siguiendo el orden cronológico en que ocurrieron realmente las cosas, tendré que empezar por hablar de mi propio caso.

MI ENFERMEDAD CORONARIA GRAVE

No soy un neófito en materia de dietética y nutrición. Tras una corta, pero gratificante, experiencia como profesor para Técnicos especialistas en Dietética y Nutrición, hace ya 25 años, tuve que investigar en ese campo, casi inexplorado entonces, para impartir una enseñanza con alguna solidez. Posteriormente profundicé y amplié mis conocimientos con la intención de aplicar la dietoterapia a mis consultas de Medicina General.

Además de documentarme por mi cuenta, completé mi formación en Nutrición con una de las dos Universidades españolas que empezaban a impartir cursos de posgrado para médicos. Quería estar actualizado.

Sobre esa base, me puse a elaborar trabajosamente (con varias tablas de composición de alimentos y una calculadora) dietas originales para los principales problemas metabólicos que los médicos clínicos nos encontramos a diario.

No tardé en descubrir que la dietoterapia vigente en aquellos años, inspirada en los principios de los considerados grandes especialistas españoles de la nutrición (seguidores de Ancel Keys), no me servía para nada. No curaba a nadie, ni siquiera a los obesos; entre otras cosas, porque la dieta “hipocalórica equilibrada” aconsejada entonces (y aún ahora) era imposible de seguir por los pacientes; es decir: inútil e impracticable.

Mientras tanto,

mi forma de alimentarme, ahora lo sé, era pura ignorancia; pues seguía las pautas que los “expertos” lograron imponer en todo occidente: dieta baja en colesterol dietético y grasas saturadas, moderada en proteínas, pero con abundantes carbohidratos (pan, pasta, bollería, azúcar, patatas y legumbres), que podían aportar hasta el 65 % de las calorías de la dieta.

En realidad,

esta dieta recomendada (impuesta al mundo mediante un auténtico lavado de cerebro en masa) era la más adecuada para producir obesidad, diabetes, infartos y cáncer, o sea, “las enfermedades de la civilización”. Y ahí están los resultados a la vista de todo el que quiera consultar las estadísticas.

Jesús Nava Antuña, antes de entrar en quirófano. CHUAC, 22 de julio de 2011.

En 2011 empecé a notar unas molestias ocasionales en el pecho que me tenían intrigado. Aunque podrían confundirse con la esofagitis por reflujo crónica que padecía, y el ECG en reposo, que me hacía en mi Clínica, no mostraba alteraciones significativas, decidí consultar con el cardiólogo al que solía remitir a mis pacientes.

Aunque me lo temía, la confirmación mediante una prueba de esfuerzo de una angina de pecho grave, no dejó de ser una sorpresa: “Toma dos aspirinas y vete al hospital. No conduzcas. Tienen que hacerte un cateterismo de urgencia, porque corres el riesgo de sufrir muerte súbita. Que no te den antianginosos y te manden para casa”. Ingresé por Urgencias en el Hospital de A Coruña y a los dos días me sometí a una angioplastia.

El cirujano que me hizo el cateterismo con contraste me comunicó los resultados: “Tienes un 95% de obstrucción en la arteria descendente anterior. En otra, un 70%. Te pondremos dos “stents”. Quedan otras arterias con el 20% y el 40% de obstrucción, pero no creo que te den problemas.” Y añadió al terminar la intervención: “Ahora prevención secundaria. Ya veo que no eres obeso. Pero ¿hipertenso? -No. ¿Fumador? -No. ¿Diabético? -No”

Tomé conciencia de que a los 57 años tenía las coronarias de un anciano de 90, y que los destrozos sufridos en las demás arterias de mi cuerpo debían de ser similares.

También resultaba patente la inutilidad de mis esfuerzos para prevenir la enfermedad coronaria con el tipo de alimentación que Ancel Keys (brillante, pero chapucero y tramposo fisiólogo americano) logró imponer a la sumisa clase médica occidental.

Durante un año seguí el tratamiento postquirúrgico habitual para evitar la reestenosis de las coronarias: antiplaquetario, estatina, betabloqueante, aspirina, omeprazol… Cumplí a rajatabla, como un buen paciente.

La prueba de esfuerzo al año de la operación fue un éxito. La cirugía me estaba prolongando la vida. Pero los efectos secundarios de la medicación no me permitían hacer una vida normal.

Al quejarme ante un compañero y amigo cirujano de las molestias en las pantorrillas provocadas por la estatina, me aconsejó que tomara Coenzima Q10, y me dijo que me conseguiría la mejor formulación posible en EEUU o GB. Como no quería esperar, me dirigí a la parafarmacia del centro comercial más próximo y pedí el preparado mejor etiquetado y más caro. Venía con el reclamo de «producto rejuvenecedor y de belleza», pero no me importó. Tenía que probarlo.

Así que me lo llevé y empecé a tomar una cápsula de 10 mg cada día. Durante los dos primeros días, las molestias musculares seguían igual. Pero al tercero… ¡desaparecieron como por arte de magia!

Luego era cierto, como había leído, que la estatina (medicamento para bajar el colesterol sanguíneo) bloqueaba la síntesis de Coenzima Q10 en las células musculares y las destruía. Dejé de tomar la estatina aquel mismo día, pero seguí con el resto de la medicación.

Finalmente

me decidí a investigar si había alguna dieta que pudiera devolverme parte de la salud perdida o al menos parar el deterioro sufrido a lo largo de toda mi vida a causa de una alimentación equivocada.

Como decía el joven Spinoza (1632-1677) en su afán desesperado de buscar el remedio filosófico para alcanzar una salud espiritual óptima, y que hago extensivo a la física:

«Yo veía que me encontraba ante el máximo peligro, por lo que me sentía forzado a buscar con todas mis fuerzas un remedio, aunque fuese inseguro”.

Tras muchas lecturas erráticas en la selva de Internet, sobre opiniones y experiencias de todo tipo, tanto de médicos inclinados claramente hacia la nutrición como de aficionados que buscan con insistencia la salud,

me decidí a la desesperada, más por intuición vaga que por convicción firme, a excluir de mi dieta el azúcar, y todo lo endulzado con ella, la leche, las galletas y la bollería, el pan, la pasta y la patata. Muchas verduras y hortalizas, con carne, pescado, marisco, huevos, legumbres, fruta, frutos secos, semillas, yogur/kéfir, chucrut, etc.

Obtuve una mejoría notable en mi salud. No solo por el bienestar físico y mental que empecé a experimentar. Perdí 10 kilos de peso (pasé de 72 a 61,5 kg, con una estatura de 167 cm) en unos 2 o 3 meses (lo que no pretendía siquiera, pues, según el IMC nunca llegué al sobrepeso); pero ¡qué maravilla!,

desaparecieron en poco tiempo: migrañas, apneas del sueño, sonambulismo, calambres y piernas inquietas, dolores articulares y tendinitis, acné, catarros, faringitis y laringitis frecuentes, estreñimiento, mareos, reflujo esofágico y gastritis, y un largo etcétera.

También se normalizaron los parámetros en mis análisis que indicaban

un claro síndrome metabólico (con prediabetes, ácido úrico y triglicéridos por encima de lo normal, HDL bajo), que, como espero demostrar, es la causa de la mayoría de las enfermedades crónicas (incluyendo los infartos y el cáncer), y afecta, por cierto, al 80% de la población adulta occidental (¡en España también, no sólo en los EEUU!).

Investigué también para

ver si podía reemplazar los medicamentos por suplementos/complementos con alguna ventaja nutricional y metabólica, o al menos sin los efectos secundarios a medio y largo plazo de aquéllos, y así empecé a reforzar la dieta con omega-3, antioxidantes, vitaminas, probióticos, oligoelementos, etc. Acabé prescindiendo por completo de los medicamentos aconsejados en cardiología.

Por último,

mi mejoría física progresiva me permitió iniciar un plan de ejercicios adaptados a mi estado: largos paseos, al principio, y bicicleta estática después.

LA DIETÉTICA VETERINARIA, TAN DESASTROSA PARA NUESTRAS MASCOTAS COMO LA MÉDICA PARA LOS HUMANOS

Aunque mencionar a continuación el caso de mi gata pueda parecer impertinente, incluso chusco, no lo es, porque

pretendo mostrar que la alimentación que la industria prepara, y que los veterinarios se limitan a vender, es tan desastrosa para la salud de nuestras mascotas como la que nos sirve a los humanos y los médicos se limitan a bendecir.

Misi y Caty, 9 y 7 años. Sanas y felices, jugando.

Tenemos dos gatas y ambas fueron recogidas de la calle. La primera, Misi, atigrada, tendría unos tres meses cuando la encontramos desnutrida y plagada de parásitos. Con la ayuda de mis amigos veterinarios salió adelante y nunca tuvo problemas de salud. La segunda, Caty, tricolor, tendría unas semanas de vida y probablemente aún necesitaba la leche y el cariño maternos. Con dificultades, poco a poco empezó a comer. Pero hacia los 2 años de edad empezó a mostrar signos de hiperactividad, diarreas, hematurias, etc.

El veterinario ensayó tratamientos antiparasitarios, antiácaros (llegué a comprar un deshumidificador para mejor combatirlos), y le dimos tandas de antibióticos para las infecciones de orina y corticoides orales para una posible alergia durante varios meses. (El lector que tenga gatos podrá comprender la dificultad para nosotros y el sufrimiento para el pobre animal que entrañaba hacerle tragar un comprimido todos los días).

No mejoraba. Se le cambió la dieta varias veces, para descartar alergia alimentaria. En vano. Tenía listo un antidepresivo, recetado por su veterinario, pero nunca llegué a dárselo.

Hasta que me senté ante el ordenador y empecé a indagar sobre las necesidades biológicas de los gatos como hice en su momento con las mías.

Lo primero que me sorprendió fue descubrir que aunque los gatos son carnívoros puros, el pienso aconsejado habitualmente por los veterinarios tenía un alto porcentaje de carbohidratos procedentes del trigo, el maíz y la patata.

¿Cómo podía ser? ¿Se estaría cometiendo con los felinos un error dietético similar al que se ha perpetrado con los humanos durante 40 años? Por otro lado, como ya estaba decidido a suministrarme una alimentación limpia de herbicidas, pesticidas, antibióticos y hormonas para mí, traté de averiguar la trazabilidad y fiabilidad biológica de los alimentos para mascotas.

¿De dónde era el trigo o el maíz? Imposible averiguarlo. Pero era fácil suponer que al no constar lo contrario, serían transgénicos y estarían plagados de glifosato, es decir, de la peor calidad imaginable.

El segundo y decisivo descubrimiento se lo debo a un veterinario investigador italiano, el Dr. Sergio Canello, al que quiero enlazar aquí a modo de agradecido homenaje.

Leí cómo había descubierto que las mascotas diagnosticadas como alérgicas o intolerantes a la proteína de pollo, en realidad lo eran a las tetraciclinas (antibióticos) que les dan a los pollos enjaulados.

Tras numerosos ensayos comprobé, en efecto, que mi gata era alérgica o intolerante a la carne de pollo. Después de privarla durante unos días, le introduje proteína micronizada de pollo aconsejada por el veterinario. Al probar el primer bocado salió en estampida para el arenero más próximo con una diarrea impresionante.

Busqué alimentación con otro tipo de carne, incluso procedente de animales criados en libertad en Nueva Zelanda, pero sólo acabó tolerando el pescado. Y, ¡por fin!,

Caty lleva años alimentándose, como su compañera Misi, de un producto que contiene 6 pescados diferentes, deshidratados, y una composición excelente: 85% de pescado; 15% de vegetales y fruta; 0% de cereales, patata o tapioca.

Como sé que al tomar comida seca necesitan hidratarse bien, adquirí para ellas una fuente de acero inoxidable, con 4 surtidores y un filtro sólo para retener el polvo, porque el agua ya está filtrada, como la que tomamos en casa, con el mejor filtro del mercado. A juzgar por las excretas que recogemos varias veces al día de los tres areneros dispersos por la casa, están maravillosamente hidratadas y no padecen estreñimiento. Ah, y hace años que no las vacuno.

Caty y Misi, con 7 y 9 años de edad, respectivamente, gozan ahora de una excelente salud. Las tratamos con el máximo cariño y somos correspondidos por ellas. ¿Qué más se puede pedir?

LO MUCHO QUE ME ENSEÑÓ MI MADRE COMO PACIENTE

Toca hablar de mi madre.

Al mencionarla aquí quiero rendirle mi homenaje, no sólo como hijo, puesto que ha sido la mejor madre que podría haber tenido, sino también como médico, porque ha sido y será la mejor paciente que he tenido y tendré jamás. Nunca me pude imaginar que iba a ser capaz de seguir con absoluta fidelidad una dieta tan dura como la que le prescribí. Pero era de todo punto necesaria, como se verá.

Para su diabetes tipo 2, que padecía desde hacía decenios, tomaba 2 pastillas de un antidiabético oral, pero sus glucemias estaban siempre disparadas.

Covadonga Antuña, 89 años. Tuilla de Langreo, octubre de 2019.

Su depresión crónica era tratada desde hacía 40 años con un antidepresivo combinado con ansiolítico, pero estaba siempre deprimida.

Padecía un colon irritable, con diarreas que le impedían salir de casa.

Tenía un sobrepeso de 25 kilos, con insuficiencia venosa y dolores articulares y musculares generalizados, para los que tomaba analgésicos casi a diario.

Aunque tomaba 2 ansiolíticos y un somnífero, padecía de insomnio. Sufría de unas migrañas que no se resolvían con ningún calmante.

Sufría unas terribles infecciones de vías urinarias que la condenaban a tomar antibióticos cada 2 o 3 meses, llegando  a presentar varias pielonefritis y una septicemia.

Tenía vértigos que le provocaron caídas con lesiones y hospitalizaciones.

Además de la bronquitis crónica de toda la vida, empezó a tener asma no alérgico.

Para todo tomaba medicamentos, al menos 10 todos los días. Y aunque nunca sufrió angina de pecho, el cardiólogo le había recetado parches de nitroglicerina y antiagregantes plaquetarios, «por si acaso».

Su estado físico y mental era lamentable. Y muy preocupante. «Hijo, yo me muero», me decía. Así que decidí intentar, a la par que el farmacológico, un tratamiento dietético y nutricional.

Hablé con su médica de cabecera, porque era la que le iba a seguir atendiendo, y le dije que iba a ensayar con ella una dieta similar a la mía. Me recordó que «a los endocrinos no les gustan nada las dietas bajas en carbohidratos». «Lo sé, pero si la dieta no mejora su diabetes, acabará necesitando insulina. Y entonces sí que se morirá, porque ella no será capaz de pincharse».

Para no parecer entrometido, le dije: «Va a seguir siendo tu paciente, pero es mi madre, y tengo que hacer algo. Puedo pasarte un escrito exonerándote de toda responsabilidad». [No lo estimó necesario, y por eso desde aquí (es probable que lo lea) quiero manifestarle mi más sincera gratitud por su comprensión y colaboración.]

Me presenté un día con un filtro para el agua del grifo y botellas de vidrio para envasarla, sartenes de cerámica (sin teflón), ollas de acero inoxidable (nada de aluminio), filtro para la ducha, envases de vidrio para guardar los alimentos en el frigorífico o el congelador, yogures ecológicos de cabra, biscotes de sarraceno, crema de frutos secos, y varios suplementos para añadirlos a la medicación.

El resto de los alimentos los conseguía ella en sus tiendas habituales.

A los pocos días de dejar de desayunar el colacao con galletas o madalenas, me dijo: «Hijo, parece que me mareo por las mañanas». «Eso es que te está bajando el azúcar. Retira una de las pastillas que tomas para la diabetes». A la semana siguiente, volvió a decirme lo mismo. Y yo: «Retira la segunda pastilla». Desaparecieron los mareos.

Con análisis frecuentes,

comprobé que su glucemia en ayunas y su hemoglobina glicosilada mejoraron hasta hacerse normales: como si nunca hubiera sido diabética. Y de paso, el colon irritable, desapareció para siempre.

Para dormir le daba melatonina y una solución acuosa de hierbas. Con precaución, porque esperaba un efecto rebote muy fuerte, le fui quitando una pastilla del ansiolítico; a la semana, la segunda; y el somnífero se lo fui reduciendo: la mitad durante varios días; un cuarto durante varios más…

Hasta que viendo que por primera vez en muchos años empezaba a dormir bien, se quedó sólo con los suplementos de melatonina y hierbas. Nunca volvió a tener insomnio, migrañas ni pesadillas nocturnas.

Como el antidepresivo asociado con un ansiolítico, que tomaba por las mañanas, dejó de fabricarse, fui a visitarla provisto de un psicofármaco moderno, temiendo que se agravare su depresión.

Pero al comprobar que su estado de ánimo iba mejorando, y hasta hacía gala de un sentido del humor que nunca le había visto, de acuerdo con ella, prescindimos también de los psicofármacos. Lleva 6 años sin tomarlos.

También desaparecieron el sobrepeso, la bronquitis, el asma, los dolores articulares, y finalmente las infecciones de orina (lo último en curarse).

Ahora no toma ningún medicamento, ¡porque no los necesita!

La mayor satisfacción de mi vida profesional: constatar su impresionante y progresiva mejoría; y que, en una de las llamadas que le hacía a diario, me dijera al preguntarle cómo se encontraba:

«Muy bien, hijo. Soy feliz. Me has salvado la vida».

AUTOR: Dr. Jesús Nava Antuña, médico nutricionista. A Coruña, 11 de diciembre de 2019.

11 respuestas

  1. Querido Manuel:

    Gracias a ti por dejar tu comentario. Espero que todo te vaya bien. Un fuerte abrazo.

  2. Muy interesante y pertinente, gracias por compartir!!!

    Las enfermeras de familia aconsejamos unas pautas de alimentación en esa línea: nada de azúcares refinados; verduras y hortalizas deberían suponer la mitad del plato, los hidratos (si son cereales, mejor integrales) solo 1/4, y el otro cuarto las proteínas. Son unas pinceladas muy básicas para explicar en el poco tiempo de consulta disponible, pero que mucha gente desconoce.

    Por cierto, no me parecen fáciles de seguir (resulta más sencillo y rápido -y barato- prepararse p. ej. un plato de tallarines o pedir una pizza…). Además estamos «invadidos» por el azúcar en todas partes, incluso en productos que se venden como «saludables»: fijaos en los «maravillosos» yogures con frutas 0% materia grasa y un largo etc.

    Lo de la alimentación infantil ya es un pecado!!! La industria alimentaria tiene mucho poder, y no se está legislando como se debería. La página web http://www.sinazucar.org explica el tema del azúcar de forma gráfica y contundente, me parece muy aconsejable.
    Pido disculpas a los que me habéis leído por haberme extendido tanto en el comentario. Saludos!!!

    Belén Vara, en Facebook.

  3. Nada de disculpas, Belén. Suscribo tu comentario de principio a fin y te felicito. Sabes más de nutrición que las asociaciones españolas de Endocrinología y Cardiología juntas. Sé que los especialistas, incluyendo a los de Medicina Familiar, sólo disponen de unos 7 minutos para dedicarles a sus pacientes. La mitad, mirando el ordenador.

    Yo dedico a cada paciente de nutrición al menos 2 horas en la primera consulta. Después les cito al mes y a los tres meses, para darles el alta definitiva en cuanto se han desenganchado del azúcar y la comida rápida (¡muy difícil, como bien dices!).

    No me molestan, pues, los médicos a los que les falta tiempo, pero sí a los que les sobra arrogancia y atacan a todo lo que no sea la dieta oficial. De este despotismo que suprime la libertad de opinión y de prescripción de los médicos, también hablaré en mi web. Poco a poco.

    Por el momento, gracias y un abrazo.

  4. Estoy de acuerdo en muchas cosas. Es cierto que la dieta tiene un enorme peso en la salud, y que el intestino y su microbiota controlan funciones que hasta ahora se desconocían, y es esencial que los profesionales sanitarios le demos a la dieta la importancia que le corresponde.

    Sólo comentar que las pirámides nutricionales están hechas para una generalidad, y que una buena dieta equilibrada y la dietoterapia, deben estar adaptadas a las circunstancias personales, tanto de salud, como de actividad física de cada individuo. También puntualizar que la cantidad de hidratos de carbono recomendada se ha rebajado considerablemente (para esa generalidad).

    Y, ya por último, doctor, desde el cariño… con los stents no prescindas del antiagregante ni del hipolipemiante (aunque no quieras una estatina: hay alternativas), anda… 😊😊😊 Muchas gracias por tu aporte. Es un gusto leer a gente como tú, Jesús Nava Antuña.

    Carmen García Sierra, en Facebook.

  5. Gracias, Carmen, por tu cariñoso comentario, y por discrepar de forma amable. Es una desgracia para la salud de nuestros pacientes, familias y amigos -y hasta de la nuestra propia- que la medicina se haya entregado en cuerpo y alma a la farmacología y los intereses de la industria farmacéutica, olvidando que «la primera medicina» fue nutricional. No nos han formado para ser médicos «nutricionistas», sino médicos «recetadores».

    Si he empezado a dar «mi punto de vista» con este artículo compartido por Carmen, es sólo para relatar cómo me liberé de la medicina «cavernícola» (RAE: «retrógrada, contraria a innovaciones y cambios») y cómo pude curar a mi madre de todas esas dolencias (las secuelas de 40 años de tratamiento con psicofármacos es otra cosa) cuyas «causas» todos los especialistas dicen ignorar y que cuando les hablas de casos como el de ella se ríen, si no te agrupan con los charlatanes y curanderos. ¡No se lo creen! 😔

    Respecto a mi problema coronario, Carmen, no te preocupes. Sé que lo dices con cariño. Pero los omega-3 que estoy tomando tienen un efecto antiagregante plaquetario leve y son mejores protectores cardíacos que los antiagregantes y betabloqueantes de síntesis (sin sus efectos secundarios), como ha demostrado en el estudio de Lyon, el Dr.Lorgeril, eminente cardiólogo francés que arremete sin miedo contra las estatinas: «Dígale a su médico que el colesterol es inocente, y que aprenda a curarle sin medicamentos!» 👏👏👏👏

    Un abrazo. 😘

  6. Hola Jesús :
    Seguro que estará en algún sitio en la web, pero ¿podrías explicar más en detalle cuál fue la dieta de tu madre, o decirme donde encontrarla? Llevo muchos años con una dermatitis atópica que no desaparece con nada y quiero probar con un cambio de alimentación. He visto tu artículo sobre las lectinas. Hace tiempo que dejé de tomar lácteos de vaca, y noté bastante mejoría, pero de unos años a esta parte está empeorando.
    Muchas gracias por compartir tu saber con el mundo.
    Leire

  7. Hola, Leire:

    La dieta por la que preguntas no la he publicado aún. Lo haré en breve, probablemente en el siguiente artículo que publique. Para solucionar los problemas de la piel como el tuyo no basta con retirar la leche, porque la génesis del problema es más complejo. Hay que abordarlo desde una perspectiva más integral, que es lo que yo propongo con la dieta biológica.

    Estate atenta al blog, por favor. Y sigue honrándonos con tus comentarios y participación.

    Un cordial saludo.

  8. Con años de mala salud y goteras inexplicables que han sido paliadas a base de medicación para cada síntoma, espero la publicación de su dieta, porque honestamente, cardiólogos, internistas, nutricionistas y alergólogos han perdido mi confianza.
    Su comentario sobre las estatinas me ha emocionado, porque llevo años diciendo al médico que me siento fatal y me dice que no será para tanto y que como no las tome voy de cabeza a una pancreatitis.

  9. Estimada Nuria:

    «Un medicamento para cada síntoma» es la estrategia de la industria farmacéutica. Como toda industria, es un negocio; y busca consumidores que tomen sus productos, a ser posible de forma vitalicia. Lo penoso es que los médicos contribuimos a propagar esa política sin mostrar interés alguno en curar -si no todo, cosa imposible- por lo menos algo.

    Lamento tu sufrimiento. Publicaré esa dieta-tipo lo antes posible. Si no lo he hecho ya es porque la alarma por el coronavirus me tiene bastante ocupado y un tanto descolocado profesionalmente.

    Tal vez te diga tu médico lo de la pancreatitis porque tienes una hipertrigliceridemia muy elevada. ¿Es así? De todos modos, los triglicéridos responden muy bien a una dieta terapéutica. En sólo unas semanas pueden llegar a normalizarse.

    Un cordial saludo.

  10. Hola doctor.
    Tengo hipercolesterolemia y estoy siguiendo una dieta baja en carbohidratos, pero le LDL se sube por las nubes.
    Como podría compaginarlos?
    Muchas gracias por su atención

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